AFTER HOURS
DIARIO DE CÁDIZ / 3 NOVIEMBRE 2005
Por Desireé Ortega Cerpa

Cada "palo" del árbol del flamenco expresa un sentimiento y hay tantos como compleja es el alma humana. No es de extrañar, entonces, que sea este estilo de baile el elegido para describir el día a día de dos que a veces quieren ser uno y otras, estar juntos pero no revueltos.

En una escenografía tan cotidiana como una mesa y dos sillas, contrasta la estética flamenca, en especial con el vestido negro y largo de Dauphin, roto por el color de los zapatos y las flores. Los elementos escenográficos acotan y focalizan en pequeñas zonas el espacio más amplio, que ocupa aproximadamente la mitad de la extensión del patio del Baluarte. Esto permite a los intérpretes jugar con el encuentro y el desencuentro, mostrando el contraste o la paradoja entre el espacio físico y el espiritual pues, a veces, el "bailar pegados", como sucede cuando usan la mesa como tablao, genera conflicto y separación.

El compás marca el ritmo de la discusión y del malentendido continuo, de la fusión y la desintegración, pues sólo hay un paso del amor al odio. La banda sonora está compuesta por un número variado de composiciones de diversos orígenes y estilos e, incluso, por ruidos o fragmentos sonoros no musicales, mientras que la coreografía es fundamentalmente flamenca, aunque estilizado con un barniz de contemporáneo y sazonado con unas gotas de baile latino, entre otros ingredientes. Todo esto, unido a la circunstancia de dos artistas de diferente nacionalidad, otorga al flamenco la categoría de patrimonio de la humanidad, aunque no lo consiga por vía oficial.

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