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El País.
Febrero 2004
Ángel Álvarez Caballero
"Al fin, el flamenco se compromete con una obra de denuncia y
testimonio. Ya era hora, pues, salvo ocasiones puntuales y
esporádicas, este arte parece vivir en otro mundo. Inmigración
es dura, cruel, como lo es esa realidad que tenemos a nuestro
alrededor, y especialmente a uno y otro lados del Estrecho, y
que vemos casi cada día en los telediarios.
Estructurada en varios episodios que reflejan distintos aspectos
del tema, fragmentos videográficos actúan como nexos de unión
entre ellos y dan una cierta continuidad al relato. En el
escenario, bailaores, cantaores, músicos de distintas
nacionalidades que interpretan sus respectivos artes de origen,
con lo que se insiste aún en el carácter mestizo de la obra.
Entre ellos algunos conocidos, como el cantante tetuaní Chekara,
partícipe en algún otro encuentro con el flamenco, o la bailaora
profesional Nicolia Morris, jamaicana de color.
Inmigración interesa e inquieta. Es un tema que nunca nos dejará
indiferentes, y su exposición en los escenarios debe ayudar a
que nos concienciemos con un mayor compromiso. El flamenco es
arte mestizo y, como tal, tiene recursos expresivos que se
identifican fácilmente con este terrible mestizaje de la
angustia y la patera, del tráfico de seres humanos. Es un tema
que a los flamencos les queda de alguna manera próximo, y de ahí
la eficacia que sus intérpretes son capaces de transmitir,
aunque la titular de la compañía, Ángeles Gabaldón, me consta
que bailó enferma y ya hizo bastante con defender dignamente su
parte.
Un nuevo recital de cante de Poveda, en la segunda parte del
programa. No quiero ser injusto con nadie, pero me parece que no
hay quien sea hoy capaz de cantar así. Al menos, en su
generación. Por malagueñas recogiendo la voz y haciendo milagros
en los bajos. Por bulerías, que hay que tener valor para
atreverse con ese género en Jerez. Por tonás, la voz sola, sin
guitarra, ¡pero cuánta música hay en esa voz, en sus silencios!
¡Cuánta maravilla!".
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